El olor a
pólvora quemada, el sonido de las olas rompiendo contra las rocas de un
espigón. Las sensaciones que nos deja un lugar en nuestra memoria son
únicas; para mí estas son algunas de las que me dejó Valencia después de pasar
cuatro años dedicándome a los estudios de Biología. No es difícil quedarse
prendado de esta ciudad, de soleados veranos y suaves inviernos. Esto mismo le
pasa a Pilar, una enérgica guerrillera republicana que combate en Segovia.
"-Fernando-dijo
María-,cuéntanos cómo lo pasaste cuando fuiste a Valencia.
-No me gustó Valencia. (...) Las gentes no tienen modales ni cosa que se le parezca y yo no entendía lo que hablaban. Todo lo que hacían era gritarse che los unos a los otros.
-No me gustó Valencia. (...) Las gentes no tienen modales ni cosa que se le parezca y yo no entendía lo que hablaban. Todo lo que hacían era gritarse che los unos a los otros.
-¡Ah! Vete de aquí, simplón, cara de monja-dijo Pilar-; lárgate porque me estas
poniendo mala. En Valencia he pasado la mejor época de mi vida. Vamos.
Valencia. No me hables de Valencia."
No es de extrañar que en esta novela, ambientada en la Guerra Civil Española, se le de tanta énfasis a la belleza de la "terreta" valenciana. El autor de este libro, el periodista norteamericano (ganador de un premio Pullitzer) Ernest Hemingway visitó Valencia en 1937 mientras ejercía como corresponsal de guerra para la North American Newspaper Alliance. Al finalizar la guerra, escribió la novela Por quién redoblan las campanas (1940), donde recopiló en diferentes personajes las personalidades y sensaciones que tuvo al ver la España de la Guerra Civil y a sus ciudadanos. Protagonizada por Robert Jordan, un brigadista estadounidense que se reúne con la guerrilla castellana con la Ofensiva de Segovia.
"Eso es Valencia...Hacíamos el amor
en la habitación, con las persianas bajadas. La brisa se colaba por lo alto del
balcón, que se podía dejar abierto gracias a las bisagras. Hacíamos el amor
allí, en la habitación en sombra. incluso de día, detrás de las persianas, y de
la calle llegaba el perfume del mercado de flores y el olor a pólvora quemada,
de los petardos, de las tracas que recorrían las calles y explotaban
diariamente, a mediodía, durante la feria.
Había una línea que daba vueltas a
toda la ciudad y las explosiones corrían por todos los postes y los cables de
los tranvías, restallando con un estrépito que no puede describirse. Hacíamos
el amor y luego mandábamos a buscar otra jarra de cerveza, cubierta por gotas
por fuera, y cuando la camarera la traía, yo la tomaba en mis manos y la ponía,
helada sobre la espalda de Finito, que no se había despertado.
Y él bebía sin abrir los ojos, y volvía
a dormirse, y yo me tumbaba con una almohada a los pies de la cama, y lo
contemplaba mientras dormía, moreno y joven, con aquel pelo negro, tranquilo en
su sueño. Y me bebía todo el jarro escuchando la música de una charanga que
pasaba...No quiero ser injusta. Pero no consentiré que nadie diga nada en
contra de Valencia".
En esta
conversión, principalmente ventrílocua, que ocupa varias páginas, Hemingway hace
una breve exposición de la cultura valenciana, alimentos, tradiciones, fiestas... Inevitablemente, su descripción te lleva a esos barrios-pueblo con
carácter propio, como Benimaclet o el Cabañal, que aun mantienen ese espíritu
que el autor ha conseguido retratar delicadamente. Espero que mis amigos
valencianos, y los que como yo, han tenido la oportunidad de vivir en Valencia
disfruten de este fragmento del texto.
"-A mí no me gustó- dijo Fernando
tranquilamente-. A mí no me gustó Valencia.
-Y aún dicen que las mulas son
tozudas-dijo Pilar-. Recoge todo, María, para que podamos marcharnos.
Mientras decía esto, oyeron los primeros
zumbidos que anunciaban el retorno de los aviones."

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